Por primera vez en la historia, sin importar la clase social u origen, es probable que un enorme número de mujeres hayan pensado en su condición de género, en su cuerpo, en eso que las constituye.

Por Pablo Siciliano 31-12-2016

La defensa o lucha por los derechos de la mujer no es una novedad. Si practicamos el arte del anacronismo podemos remontarnos a la más descarnada de las tragedias griegas, Medea de Eurípides, escrita 400 años antes de Cristo. Allí una mujer despechada contra su esposo asesina a sus propios hijos como último acto de venganza conyugal. Eurípides deja a lo largo de la obra algunas frases perfectamente actuales: “Empezamos por tener que comprar un esposo con dispendio de riquezas y tomar un amo de nuestro cuerpo, y éste es el peor de los males. (...) Dicen que vivimos en la casa una vida exenta de peligros mientras ellos luchan con la lanza. ¡Necios! Preferiría estar a pie firme con un escudo que dar a luz una sola vez”. Para evitar una larga enumeración que compruebe mi idea sólo diré que Madame Bovary de Flaubert, la obra completa de Virgina Woolf y Simone de Beauvoir o incluso escritoras contemporáneas como Toni Morrison, Rita Felski o Annette Kolodny han escrito largos volúmenes explicando la posición de la mujer en una cultura ampliamente dominada por lo masculino.

El hecho de que este año se haya producido en Argentina la marcha nacional más importante de la historia en términos de defensa de los derechos de la mujer revela, principalmente, que este debate salió de la elite intelectual y llegó a las clases populares. Hoy el #NiUnaMenos es un hashtag, una foto de perfil y un debate público permanente.

Una de las razones de la llegada de este mensaje feminista a las capas medias y bajas es el modo en que la televisión comunica y multiplica los ahora llamados femicidios y, al mismo tiempo, el número tenebroso de casos anuales: una mujer sigue muriendo cada 30 horas. La puesta en escena perfecta para este reclamo se dio en Rosario durante el mencionado 31 Encuentro Nacional de Mujeres que se realizó los primeros días de octubre. Allí participaron unas 70.000 personas de todo el país, superando las convocatorias anteriores de una organización que, el dato es relevante, surgió en 1986.

El debate alrededor de lo sucedido aquellos días de octubre, cuando la ciudad santafecina amaneció con pintadas como “Machete al Machote” en espacios públicos y privados, debe leerse más allá de la anécdota del vecino malhumorado por el destrozo. Una conclusión posible es que el movimiento de la mujer no debe transformarse en una inquisición contra la libertad individual o en una suerte de talibanismo de género sino, por el contrario, en un movimiento de libertad cuya lucha sea cultural, un campo menos vertiginoso pero que ha demostrado enorme éxito. Coincidir con los grupos más conservadores de la sociedad en el bloqueo de expresiones de sexualidad no puede ser nunca una buena noticia. Una actriz pornográfica, una señora en contra del aborto, una chica que sueña con ser Reina del Salamín u otra que se anota para el concurso “cola Reef” tienen libertad para elegir y tratarlas de estúpidas o efectuar un escrache en su contra es algo que podría hacer, sin dudas, el Monseñor Aguer. En todo caso, la cultura y su cambio inexorable irá eliminando estas prácticas no por su desparpajo sexual sino porque ese desparpajo está orientado al goce masculino y a la banalización de la mujer. Es importante hacer esa diferencia. 

En todo caso, el desafío sigue siendo reducir el número de femicidios, algo que no se ha logrado en lo absoluto y que en Big Sur hemos seguido de manera pormenorizada a lo largo del año. ¿Por qué? Porque este viaje del discurso feminista desde la elite intelectual hasta las capas medias no ha alcanzado aún a zonas en las que la estructura social sigue siendo, utilizando en término en boga, patriarcal. En la región patagónica, lamentablemente, prevalece. En el artículo sobre el femicidio de Daniela Farías, la periodista Lucía Medina decía: “La actividad petrolera y su matriz laboral genera una dinámica familiar en la que el hombre está fuera de la casa durante muchas horas, e incluso días, y la mujer se encarga de la crianza y las tareas hogareñas. Eso hace que en la división de los roles del trabajo haya una idea bastante tradicional del hombre como el proveedor a nivel económico. Eso puede traducirse en una situación desigual de poder”. Por otro lado, la trata de mujeres es una actividad frecuente en las vastas mesetas patagónicas para el solitario trabajador del mar, la mina o el pozo petrolero. La lucha contra los femicidios, al menos en términos patagónicos, debe enfocarse no en la psicología del varón sino en la actividad económica dominante y la cultura que eso genera en los pueblos y ciudades que se forman alrededor. Quizás la crisis del sector petrolero sea una oportunidad para establecer una mirada más amplia y profunda del tema.

Vivimos en una sociedad con muchos contrastes. Una arquitecta de clase media de Neuquén no imagina dejar su carrera o sus aspiraciones profesionales por ningún hombre, cualquiera fuera.  La esposa chubutense de un futbolista exitoso se muda a una ciudad de Asia para acompañar a su marido dejando atrás todo lo que conoce. Una inmigrante de Jujuy llega a Tierra del Fuego para probar suerte junto a su esposo sin mayor certeza que una casa de chapa en un barrio periférico. Un grupo de mujeres peruanas viaja en la parte trasera de una camioneta rumbo a un prostíbulo de Santa Cruz, provincia que jamás han visto. Una legisladora de Río Negro es una de las voces más lúcidas de la política de aquella provincia.  Lo que las une, probablemente, es que por primera vez en la historia, todas ellas, sin importar la clase social, hayan pensado en su condición de mujer, en su cuerpo, en eso que las constituye como género, aún en las peores circunstancias. Por esa razón, entre otras, La Mujer es sin dudas el personaje del año.

Pablo Siciliano

Pablo Siciliano

Director de Big Sur. Cine y televisión en www.pablosiciliano.com.ar

@PabliSiciliano