Delirios místicos, intentos de suicidio, porro, amor por Jesucristo, sueños con Elvis y un temor reverencial a los poderes paranormales de Yoko son el epílogo de uno de los íconos del siglo XX.

Por Big Sur 09-10-2016

Hubo, hay, habrá, alguien llamado John Lennon, ciudadano de todo el universo, uno de los pósters más eficaces a la hora de decorar la pared de tu inconsciente colectivo. La inmortalidad de John Lennon ya era un hecho durante su vida y su muerte (el primer magnicidio rock en un territorio de suicidas accidentales y no tanto) acabó de elevarlo al vértigo de alturas que sólo conocen los santos. Aun así –a veces pasa– toda luminosa celebración apenas esconde la sombra de una condena. Los gritos –yeah, yeah, yeah– nunca alcanzaron a esconder del todo los susurros de un secreto. Y así, John Lennon se sigue negando a descansar en paz y, con los años, siempre aparece alguien dispuesto a contar su nueva versión de la misma historia de siempre.

El libro de Robert Rosen –Nowhere Man: The Final Days of John Lennon– es otro clavo en un ataúd que se niega a ser enterrado. Hay que leerlo con precaución del mismo modo que en su momento –en 1984– se leyó con morbosa incredulidad The Lives of John Lennon, biografía feroz de Albert Goldman donde se nos contaba que nuestro idolatrado héroe de la clase trabajadora era un psicópata con tendencias mesiánicas prisionero de una japonesa loca obsesionada por el dinero y por un amante –que después de décadas como viuda profesional todavía hoy mantiene, dicen–, mientras el alguna vez beatle pasaba el día dedicado a la contemplación de la nada, se cagaba encima, le rompía el brazo a un amiguito de su hijo sin darse cuenta y les pagaba a sus padres un millón de dólares para que no dijeran nada.

In my Life

No fue fácil y no fue fácil para Goldman, quien cayó en desgracia luego de sus revelaciones sobre el mito mundial beatle, sufrió la persecución casi macarthysta de la revista Rolling Stone y cayó en el más profundo descrédito por más que todos y cada uno de los testimonios de su libro aparecían perfectamente respaldados por nombres y apellidos. Antes de Goldman las vidas de Lennon ya eran muchas, pero eran más o menos la misma. La Versión Canónica: Lennon como el genio absoluto de una banda y el primero en comprender que cada uno debe seguir su camino para poder seguir creciendo, con Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr como los malos de la película que se niegan a aceptar a Yoko Ono. La Versión Politizada: Lennon como líder revolucionario de las masas, con Paul McCartney como burguesito feliz y satisfecho, George Harrison como místico orientaloide y Ringo Starr como payasito cinematográfico. La Versión Freudiana: Lennon como ser sufriente que nunca se repone del abandono de su padre ni de las muertes de su madre y de su amigo Stuart Sutcliffe; Lennon como artista obsesionado por la gordura de Elvis y el genio inasible de Bob Dylan; Lennon como un generador de escándalos (“Los Beatles son más grandes que Cristo”) y profeta ácido responsable de hacer que rock y vanguardia sean una misma cosa; Lennon como amante del amor y publicista de su cama y de su japonesa. La Versión Química y Psicodélica: Lennon como adicto compulsivo; heroína o Maharishi o Grito Primal o LSD o Yoko, es lo mismo. La VersiónVerité: Lennon como beatle crítico compositor de canciones sobre el horror de ser beatle –”Help!”, “I’m a Loser”–, la resignación de ser beatle -”I’m Only Sleeping”, “I’m So Tired”, “Across the Universe”, “She Said, She Said”, “Tomorrow Never Knows”– y la angustiante felicidad de ya no ser beatle: todo el álbum John Lennon Plastic Ono Band. La Versión Dimensión Desconocida: Lennon como el que convoca a una reunión de urgencia para comunicarle a sus compañeros de grupo que “Yo soy Cristo”; Lennon como profeta con poderes adivinatorios que le permitieron, incluso, predecir su propia muerte y martirologio el mismo día de su asesinato en una cinta que Jack Douglas –productor de Double Fantasy– grabó y borró al enterarse horas más tarde de que un tal Mark David Chapman había decidido vaciar su revólver frente a la puerta de un edificio llamado Dakota. En todas estas versiones, Lennon terminaba igual: volvía a ser padre y descubría los placeres de la vida familiar, regresaba a los estudios luego de cinco años sin grabar, moría por nuestros pecados a manos de un psicópata que –como tantos otros– quería ser John Lennon, pero no sabía cómo conseguirlo. Después, enseguida, John Lennon subía a los cielos a sentarse a la derecha de Elvis Presley.

Nowhere Man

Varios días en la vida de John Lennon. Días oscuros como noches. De eso trata Nowhere Man, el libro de Rosen. De eso se trataban, también, Dakota Days de John Reed –tarotista de Lennon durante los últimos años de su vida– y Loving John de May Pang, novia de John Lennon durante su largo “fin de semana perdido” a mediados de los ‘70, lejos de Yoko Ono en Los Angeles y cerca de juerguistas etílicos como Harry Nilsson y Keith Moon. Memorias de empleados y amantes. La diferencia atendible está en que lo que se cuenta en Nowhere Man está supuestamente contado por el propio Lennon a partir de entradas y salidas de sus diarios privados. Los Expedientes L. Supuestamente, digo, porque la historia de Nowhere Man tiene lo suyo y es definitivamente lennoniana en su ritmo demencial parecido al de aquellas películas de los cuatro de Liverpool dirigidas por Richard Lester. Veamos, oigamos: Robert Rosen es un periodista neoyorquino de buen nombre, estudiante con Joseph “Catch-22” Heller y ganador de un pequeño pero reputado premio de poesía. Robert Rosen conoció a Fred Seaman en 1979. Seaman era uno de los empleados de confianza de los Lennon. Asistente personal de John, quien ya en su primer día de trabajo le propuso que trabajaran juntos en un libro. Seaman, también, conducía –y chocaba– el Mercedes-Benz del ex beatle y se encargaba de ir a comprarle droga. Seaman le dijo a Rosen que Lennon “era un tipo completamente disfuncional que se pasaba todo el día hablando sobre Jesucristo”. Seaman acompañó a Lennon a Bermuda en junio de 1980 y allí le pidió, apostólicamente, que “si algo llegara a ocurrirme, tú serás el encargado de contar la verdad”. La verdad aparecía anotada en las muchas páginas de varios cuadernos marca The New Yorker. Seaman los leyó sin poder creer lo que allí se contaba. El día del asesinato de Lennon, Seaman entregó los diarios a Rosen quien, también, los leyó horrorizado y fascinado. Tardó más de cinco meses en leerlos, decodificarlos, transcribirlos. Aprovechando un viaje de Rosen a Jamaica, Seaman entró en su departamento, recuperó los diarios y se los entregó a Yoko Ono como ofrenda de paz de un discípulo arrepentido por haber traicionado el mito de su mesías. Rosen decidió –luego de pasar dieciséis horas al día leyendo a Lennon– escribir de memoria todo lo que recordaba. Recordaba mucho. Rosen -convencido de que tenía en sus manos y su cabeza “lo más parecido a un Rock Watergate”– fue a ofrecerle el material a Jan Wenner, director de Rolling Stone y autor de Lennon Remembers, legendaria entrevista con el reciente ex beatle durante la grabación de John Lennon Plastic Ono Band. Wenner le advirtió a Rosen que “lo único que podía hacer para salvar mi karma era contarle todo a Yoko”. Rosen no se lo contó, Wenner sí y una mañana los guardaespaldas de la japonesa abordaron a Rosen y le dijeron que su patrona quería hablarle. Yoko ofreció dinero, Rosen aceptó y Seaman terminó en la cárcel acusado de robo. No es una linda historia y, ahora, los motivos de Rosen para publicar Nowhere Man no son, digamos, encomiables. Yoko Ono tiene los originales, Seaman –por cuestiones legales– se ve obligado a precisar una y otra vez, todas las veces que sean necesarias, que su libro no son los diarios de John Lennon sino “mis recuerdos de la lectura de los diarios de Lennon como mapa de carreteras para llegar a la verdad”. Así son las cosas. Tómenlo o déjenlo. Ya lo dije antes: no es una linda historia.

Come Together

Los años han ido poniendo las cosas en su lugar. Los Beatles siguen siendo los más grandes, pero Lennon ya no es el indiscutido más grande de los Beatles. La objetiva y verosímil autobiografía de Paul McCartney –Many Years from Now– y especialmente Revolution in the Head: The Beatles’s Records and the Sixties de Ian MacDonald –probablemente el mejor beatle-book jamás escrito– han probado con amplia evidencia que McCartney fue el auténtico vanguardista sónico e impulsor de la banda durante los años en que Lennon se limitaba a ingerir ácido lisérgico como si se tratara de caramelos Sugus y, de tanto en tanto, componer odas magistrales sobre el viaje sin moverse tituladas “Day Tripper”, “I’m the Walrus”, “Strawberry Fields Forever” hasta encontrarse con Yoko Ono, descubrir la heroína y provocar la crisis –luego de que los Beatles hubieran inventado todo lo que había para inventar– que determinó la última de las invenciones posibles, el postrero gesto artístico original y tantas veces imitado desde entonces: la separación de un grupo de rock como una de las bellas artes. Por el camino, varios paisajes dignos de ser contemplados: la Armonía McCartney en contraposición con el Caos Lennon, violines versus feedback, Ying contra Yang y el cenit artístico a deux en una canción titulada “A Day in the Life”.

Después, Lennon se convierte en una especie de hombre-performance que se mete adentro de camas y adentro de bolsas, se fotografía desnudo con su nueva novia para la tapa de un disco de ruidos, filma su propio pene, canta “The Ballad of John and Yoko” y, para cuando se sube a los techos de Abbey Road para volver a cantar con ganas junto a sus amigos, ya es demasiado tarde para volver a la caverna. The End. Lennon graba John Lennon Plastic Ono Band (álbum basado en las enseñanzas gritonas de Arthur Janov que se adelanta al punk y que inaugura el concepto de rock-confesional y solipsista con canciones como “God”, “Look at Me”, “I Found Out” y “Mother”); ofrece a la humanidad el tan bonito como sospechoso himno Imagine donde un multimillonario canta aquello de “Imagínate si no hubiera propiedades” y varios jingles pacifistas en los que se consagra como salvador del planeta para no tener que salvarse a sí mismo; se escapa de casa en 1973 y escupe Walls and Bridges (otra maltrecha obra maestra de la autoflagelación) y vuelve a Onolandia con la cola entre las patas. Enseguida, Yoko Ono se queda embarazada, nace Sean y Lennon desaparece –según la versión oficial– para ejercer de padre perfecto. 1975-1980 son los años perdidos –o casi– en la vida de Lennon. “Watching the Wheels” –la mejor y más reveladora canción de su álbum retorno en 1980– habla sobre esta decisión privada y la mirada desaprobadora de los de afuera. “La gente me dice que estoy loco por hacer lo que estoy haciendo”, cantaba Lennon al principio de la canción. Según lo que leyó Rosen y cuenta Rosen, la gente tenía razón. Lennon era Jekyll y Hyde al mismo tiempo. Lennon era el más sobrio de los borrachos. Lennon estaba loco.

Watching The Wheels

Hay dos maneras de desaparecer, de querer estar solo. El ordenado y lúcido modo en que desapareció Greta Garbo o el alucinado y apocalíptico modo en que desapareció Howard Hughes. Según Rosen en NowhereMan, la desaparición de Lennon tuvo más que ver con la del millonario que con la de la actriz. 

En 1975, Lennon pasa el día pensando en suicidarse y en no suicidarse (“mal karma”) mientras que Yoko Ono, en los bordes de la menopausia, pasa el día ingiriendo píldoras hormonales y cremas a base de placenta para intentar mantenerse joven. Yoko Ono se encarga de los negocios. John Lennon pasa el día escribiendo en sus diarios. Y fumando la mejor y más poderosa hierba. Y mirando televisión con el volumen bajo. Y preguntándose cómo volver a ser el que alguna vez fue mientras –al enterarse que McCartney fue detenido en Japón por intentar pasar marihuana en sus valijas durante una gira– enciende plegarias de gratitud que más tarde apaga, desilusionado, al enterarse de que su alguna vez hermano de sangre pasó apenas diez días en la cárcel. Yoko Ono –rodeada de antiguos artefactos egipcios– le dijo que Paul fue a la cárcel por una maldición que ella le lanzó y Lennon le tiene miedo y sigue fumando y escribiendo en sus diarios lo poco que le pasa en la vida y lo mucho que se le pasa por la cabeza. John Lennon como una suerte de Marcel Proust ahumado. It’s a wonderful life. Se levanta –sin necesidad de despertador– todos los días a las cuatro de la madrugada y se sienta junto a la ventana a ver el amanecer sobre el Central Park. Entonces decide cuál será su estado de ánimo para ese día, que siempre encaja en una de estas tres categorías: UP, OK, DOWN. Yoko se despierta antes y ya está hablando con Japón y Europa por teléfono, haciendo negocios según lo que le indica Charlie Swan –alias “El Oráculo” u “O”– mientras le tira el tarot. El Oráculo es apenas uno de los miembros de la Corte del Rey Lennon y la Reina Ono. El departamento del Dakota siempre está lleno de gente desconocida. Fans que son contratados para no hacer nada, un empleado “especialista en ir a comprar sushi y sashimi”, otros que se la pasan robando desde objetos valiosos a dibujitos en servilletas de papel del ex beatle y corriendo a venderlos lo más rápido posible. Después, Yoko enviará a las mismas personas a comprar esos objetos a precios exorbitantes. La rueda gira. En el Dakota, los Lennon cuentan con un gran departamento donde viven otros dos fans dedicados exclusivamente a almacenar desde guitarras eléctricas a momias egipcias en los dos sótanos de los Lennon. No tiran nada, juntan todo. Lennon desayuna ligero o desayuna pesado según la cantidad de humo que tenga en los pulmones. Después baja un rato a las oficinas para ver a Yoko Ono en acción. La mira fijo, no dice nada, se pregunta si la emperatriz habrá consumido heroína y espera a que abran los negocios para gastarse cien mil dólares en cualquier cosa y olvidarse –por unos minutos– de lo mucho que odia a su mujer y lo poco que le gusta su vida.

Dream 9

Para 1978, Lennon ya estaba cansado de no estar cansado, de no hacer nada. Del éxito de un show musical en Broadway llamado Beatlemania: Beatles falsos llenando todas las noches un teatro cantando las canciones de un grupo que ya no existe. Una noche, Mick Jagger y David Bowie pasan a buscarlo. Van al Madison Square a ver a Led Zeppelin. A Lennon no le gusta. Allí se encuentran con la modelo, Chica Playboy y mega-groupie Bebe Buell (madre de la actriz Liv Tyler) y a Lennon le gusta, pero no sabe cómo decirle que quiere acostarse con ella. Jagger se le adelanta. Bowie lo convida a Lennon con una línea de algo blanco. Lennon no pregunta qué es, aspira hondo, se desmaya. La noche siguiente, Bowie y Jagger vuelven a llamarlo para ir a Harlem. Lennon les dice que están locos y se queda en casa viendo A Hard Day’s Night por televisión. La realidad es una mierda. Nada mejor entonces que el Dream Power. La programación de sueños a voluntad, una forma de auto-hipnosis. Lennon es un maestro en esta disciplina. Se fuma un porro de proporciones considerables, se acuesta, se relaja y se concentra en aquello en lo que quiere soñar mientras cuenta del 10 al 0. Por lo general son mujeres. Hacer el amor con mujeres que no sean Yoko. Actrices. Le entusiasma especialmente una artista asiática. Y May Pang, la asistente que eligió Yoko y su bestia-sexual, a quien le concedía el beneficio de la infidelidad. 

A veces, los sueños se ponen raros. El segundo y tercer sueño no tienen casi nunca nada que ver con el primero y así, sin quererlo, se descubre flotando sobre el Liverpool de su infancia o, lo más extraño de todo, haciendo el amor con George Harrison. El día anterior había convocado a un médico para que le hiciera un examen de próstata. ¿Habrá sido el que le metieran un dedo en el culo el desencadenante de ese sueño?, se pregunta Lennon. Así –Dream Power y Power to the People–, Lennon pasa dieciséis horas al día con los ojos cerrados. Empieza a preocuparse. ¿Habrá algo peor que ser un adicto a los sueños? Yoko Ono le propone que lleve un diario de sueños. No es un buen consejo: cuando Lennon no está soñando, está escribiendo sobre sus sueños. La realidad está en otra parte, lejos. Lennon vive en Strawberry Fields donde nada es real y no hay nada por qué preocuparse. Strawberry Fields Forever. Otro día/noche, Lennon sueña con Elvis Presley. Hay una fiesta en la cocina del Dakota. La mesa desborda de hors d’oeuvres. Lennon y Presley son los dos únicos famosos, pero nadie les lleva el apunte. Lennon intenta acercarse a Presley para conversar, pero la gente se lo impide. Entonces Presley le hace una seña para que lo siga. Entran al cuarto de Lennon. Presley se sienta en la cama y Lennon enciende el televisor. Miran la pantalla sin hablar. No tienen nada que decirse. Lloran.

The ballad of John and Yoko

Lennon y Ono en privado poco y nada tienen que ver con el John y la Yoko públicos. De acuerdo, están convencidos de ser las respectivas reencarnaciones de los poetas victorianos Robert Browning y Elizabeth Barrett Browning; pero poco y nada tiene que ver su intimidad con esas constantes fotos desnudos y amorosos que se harán a lo largo de los años hasta casi el mismo día del asesinato de Lennon. Lennon y Ono no hacen el amor. Lennon se la pasa masturbándose. Demasiadas veces al día. A Ono ya no le interesa el sexo y a Lennon le interesa demasiado. Siempre. Para Lennon, La Palabra nunca fue Love sino Sex. Así, las giras de los Beatles –según propia descripción de Lennon– como “algo muy parecido al Satiricón de Fellini”. Así, páginas y páginas de los diarios dedicadas a realidades sexuales y a fantasías fornicadoras. El recuerdo de una noche en el Hamburgo de su prehistoria cuando Lennon hizo el amor en el backstage con una alemana que no le dijo que tenía la regla y, después del orgasmo, Lennon aullando el espanto de pensar que había sido castrado; el presente inmediato de una prostituta de Cape Town llamada Louise que le hace una paja inolvidable. De ahí la escapada de Lennon con May Pang, relación “recreativa” aprobada por la misma Ono, a quien el sexo dejó de interesarle por completo (al menos con Lennon) luego del nacimiento de Sean. No alcanza con el Dream Power y Lennon vuelve a encontrarse con May Pang a escondidas. Le pide prestada su cama de hospital a un amigo que se está tratando con quimioterapia. Ahí hacen el amor por última vez. Lennon no puede soportar la culpa y la paranoia. Yoko está en todas partes y lo sabe todo, dice. Empieza a contratar masajistas a domicilio. A Ono no le importa. Shiatsu hard-core. Otra adicción. Mientras tanto, Ono se dedica a convertirse en sacerdotisa y hechicera. Viaja a Colombia para aprender de Lena, bruja a la que le paga 60 mil dólares para que le enseñe a maldecir personas. Lennon y Ono viajan a El Cairo en junio de 1979 y pasan una noche adentro de la Gran Pirámide. De regreso reciben una y otra vez la visita de Charlie “El Oráculo” Swan. Largas sesiones de tarot. Lennon saca una y otra vez el naipe de La Muerte. Swan le dice que no se preocupe, que esa carta significa “renacimiento”, que “1980 va a ser un año definitorio en su vida”. “Sí, claro. Ja, ja, ja”, dice Rosen que escribe Lennon en su diario.

Happiness is a warm gun

Bajo la luz y la sombra de la lectura de los diarios de Lennon –según el recuerdo de Rosen–, la cantidad de elementos proféticos que manejaba el autor en cuanto a su casi inmediata muerte puede interpretarse de dos maneras.

La primera –la más fácil de todas– es la de suponer que Lennon sabía que iba a morir sacrificado en el altar de la fama porque, después de todo, los Beatles eran más grandes que Cristo y Lennon era Jesús. Lennon como escritor de su propio evangelio resignado a convertirse en el mito más grande de todos –más grande que Elvis, Dean y Monroe– porque cómo competir con un muerto a destiempo que, además, es asesinado por un fan. No hay pruebas fehacientes sobre las causas de la muerte de Marilyn, pero una cosa es segura: no la mató un admirador. Y el suicidio de Kurt Cobain –más allá de también haber funcionado como solidificación profesional de su respectiva viuda– tiene la sordidez del desencanto grunge y el egoísmo narcisista del fin de milenio.

La segunda manera de entender el final de Lennon –la más difícil de aceptar pero, aún así, la más terrena y verosímil– era que estaba cansado de ser un ex beatle, de seguir siendo la morsa, de que el sueño hubiera terminado pero la pesadilla continuara. ¿Hay algo más terrible que el aburrimiento? Lennon se había convertido en un hombre de ninguna parte porque no pasaba nada y entonces el deseo casi reflejo de que algo ocurriera.

Para 1980, Lennon comprende que sólo queda volver. Un nuevo disco. Ono insiste en que sea un disco de los dos. Oh, no. Difícil decirle No a Ono. Double Fantasy sale, entonces, como otro hijo inesperado y el mundo lo recibe con la felicidad irreflexiva de lo, sí, sorpresivo. Lennon muere en el instante preciso en que todos empiezan a pensar en aquello del traje del emperador debajo de ese sonido crocante y esa producción brillosa que anuncia el pop de los ‘80 y que hoy suena más viejo y fuera de lugar (los demos incluidos en The Lennon Anthology suenan infinitamente superiores) que cualquiera de los tracks de Revolver o Rubber Soul. Difícil y sencillo imaginar –según lo que se cuenta en Nowhere Man– qué hubiera sido de Lennon en los ‘80 y los ‘90. Cuesta poco pensar en un divorcio de Yoko Ono y en alguna reunión –benéfica o millonaria, da igual– con los Beatles. Los ‘80 fueron los años yuppies de reunirse por una buena causa y los ‘90 fueron los años milenaristas de juntarse por si todo se acaba en cualquier momento. El retorno a la gloria del pop británico luego de los baldíos años ‘70 hubieran encontrado a Beatle John, seguro, trepándose a los escenarios de Oasis y Blur, mientras que –quién puede dudarlo– Lennon hubiera sido un mucho mejor Wilbury que Harrison a la hora de unir su voz a la de Dylan y Orbison. Con los años, Lennon hubiera recuperado el filo y envejecido como un licor noble y amargo. Por lo menos, a uno le gusta pensar que así habría sido. Lo que queda como despedida tangible a tanta hipótesis es más bien pobre y triste y débil. Entre el fárrago meloso y las apologías matrimoniales de Double Fantasy –y del apresurado y desprolijo sucesor post mortem que fue Milk and Honey– destacan las canciones “Watching the Wheels” y “Nobody Told Me” y “I Don’t Wanna Face It”, sentidas postales desde la retaguardia del frente firmadas por un paranoico de cuidado. Letras y música para un tipo que duerme mucho, sueña despierto, se hace la paja y espera la llegada de algo o de alguien que lo saque de su Xanadú-Dakota, de ahí adentro. Y ese algo llega.

La canción perdida

La última canción que escribió el ex-beatle la terminó de grabar, exactamente, el 14 de noviembre de 1980. Pocos días antes de su asesinato. John canta con cierta sencillez una propia confesión. Primero: dos intentos de suicidio. Uno en el hotel de Okura de Tokyo, sobre el año 1977; y un segundo intento en uno de los primeros apartamentos que tuvieron cuando llegaron a Nueva York. Exactamente, en Bank Street, en el Village. Yoko Ono nunca quiso revelar la composición, que trascendió casi contra su voluntad porque bueno, John nunca dejó de ser un Beatle. 

Este es el texto de la última canción compuesta por John: "Cuando estaba solo y asustado, casi me enamoro de una predicadora de televisión, en un cuarto de hotel en Tokyo. Oh, me salvaste de ese suicidio porque todas las cosas se mueren con vos. Acordáte de esa vez cuando casi salto de la ventana del departamento en el lado oeste de la vieja Nueva York. Oh, me salvaste de ese sucidio porque estoy lleno de estúpido orgullo. Bueno, si pudiera agradecerte, gracias. Por salvar mi alma con tu amor verdadero". 

Texto de Rodrigo Fresán y de los editores de Big Sur. 

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