La cadena comercial de medicina tradicional mapuche se expande por las ciudades chilenas al mismo tiempo que lo hacen las grandes marcas internacionales.

Por Carolina Aimara Zeppo 01-03-2017

En el centro de Chiloé, la lluvia cae despacio y en gotas enormes que avecinan una futura tormenta, los turistas aceleran el paso para seguir comprando, mientras acercan las bolsas de compras a sus cuerpos para evitar que se mojen. Afuera de un local de electrónica, dos hombres cargan un televisor gigante de pantalla curva en el baúl de una SW4 con patente argentina. Empiezan a sonar unos truenos, un carabinero mira hacia arriba y busca refugio debajo de un local de Benetton. 

Lo tradicional y lo moderno conviven en una tensa armonía en Chiloé. La diferencia de precios en ropa, electrónica, comida y repuestos de autos entre Argentina y Chile invita a una marea de turistas que cruza la imaginaria línea política entre ambos países todos los días, a toda hora. En Chiloé, los comercios de marcas internacionales se erigen como una plaga entre las casas de madera colorida de la isla.

Entre aquellos comercios estandarizados, las farmacias mapuches van ocupando un lugar cada vez más importante en los centros urbanos de Chile. No son chamanes en una cabaña en la cima de una montaña: son locales iluminados, con góndolas y música suave de fondo. Es una mezcla entre la tradición del pueblo originario y la modernidad que exige el consumidor actual. 

Makelawen

El aire está cargado de una mezcla de hierbas aromáticas que recuerdan a las casas de las abuelas, esas que no conocían el ibuprofeno y curaban todo con una mezcla de creencias y cariño. Una mujer delgada con el pelo recogido y rasgos mapuches atiende detrás del mostrador vistiendo un impecable delantal blanco. Ella va explicando a los curiosos qué tipos de hierbas tienen, para qué sirven, con una paciencia ancestral ante los que la escuchan. Ella es a la vez chamán y comerciante. Cuenta que Makelawen es una cadena de farmacias y que están por todo el país y que crecen tan rápido como cualquier Farmacity. 

Hay un medicamento que se usa para prevenir el cáncer usando tres gotas distintas, remedios para el dolor de cabeza, para la descompostura o mareos, productos para sentirse mejor, productos para el cabello, para quemar grasas, aceites para el acné. También hay aceite de cannabis de 250 ml con un costo de $24.000 chilenos ($750 argentinos). Desde antiinflamatorios y analgésicos hasta potenciadores sexuales es posible encontrar en estas farmacias que hace ya mas de cinco años que ofrecen remedios naturales y medicina alternativa para todo tipo de enfermedades. 

La señora ahora cuenta historias de finales felices que inspiran a consumir productos naturales y dejar de lado los medicamentos tradicionales que muchas veces se vuelven adictivos. “Acá si los productos son más caros es porque tienen un proceso de elaboración que lleva más tiempo, es casero, hecho a mano. No tiene una industria detrás y eso tiene un valor diferente”, dice. 

Un grupo de turistas canadienses rodea las gondolas tratando de entender a qué clase de local entraron. Afuera leyeron la palabra farmacia, pero allí adentro no hay Bayer ni Roche para curar sus enfermedades. Una de las señoras se levanta el jogging y le muestra sus várices a la empleada haciendo el gesto de estar colocándose una crema. Esta regresa unos segundos después con un ungüento con un olor fuerte. Los canadienses pagan contentos y se retiran. A los pocos segundos entran a un local de Adidas. 

Los argentinos van y vienen, pero ya no existen las naciones: existen Iphones, playstations, Panasonic, Phillips. Los turistas caminan por las calles mirando vidrieras, caminando despacio y hasta chocándose entre sí. En un momento de su recorrido leen “Farmacia Mapuche” y frenan sorprendidos: están en Chile, están en América Latina y aquí una vez hubo un pueblo que resistió la conquista y hoy, de alguna otra manera, sigue resistiendo, ya no con flechas, sino con delantales blancos.

Carolina Aimara Zeppo

Carolina Aimara Zeppo

Artista plástica, docente de arte, a veces hago tatuajes. Mi gato se llama Bob Dylan.