La naturaleza como campo creativo en la cordillera patagónica.

Por Victoria Agulla 31-12-1969

Vivo en Córdoba y con el calor infernal de enero azotando la ciudad no queda otra que huir del cemento. El verano pasado escapé hacia el clima frío y seco del Altiplano pero este año la elección fue en dirección opuesta: el Sur. Hace tiempo que quería volver a la Patagonia, siempre con la idea de quedarme más de un mes. Bajo el asedio de un sol radiante salí desde La Docta en un trayecto de casi 1.700 kilómetros hacia el suroeste argentino, atravesando La Pampa y Neuquén. Llegué a El Bolsón, una localidad al pie de la cordillera de los Andes con montañas que abrazan, climas que abrigan y paisajes que impactan.

Ubicado en el extremo sudoeste de Río Negro, El Bolsón es el núcleo urbano y comercial de la denominada Comarca Andina. Entre bosques ancianos, cimas nevadas e intensas aguas dulces, El Bolsón acoge a 14 mil habitantes, en su mayoría inmigrantes de otras provincias y países que eligieron este lugar para vivir, crecer y criar a sus hijos. Gran parte de ellos dedica su tiempo al turismo, la agricultura o la fruticultura ya que la localidad centra su actividad en el cultivo orgánico de la tierra, la producción de dulces y la cerveza artesanal. En la ciudad se lleva a cabo la Fiesta Nacional del Lúpulo en febrero y la Feria Regional de Artesanos de diciembre a Marzo. Tres veces por semana, en la plaza central, se puede saborear y disfrutar de diferentes artesanías locales de las cuales se destacan los trabajos de cerámica, lana, madera, cuero, metales, cuchillos y velas.

Mi actividad favorita al conocer una cultura es la gastronomía y, por eso, cada vez que llego a un lugar pregunto por alguien que haga comida “típica”. En este caso, me nombraron a Helena Agüero. Voy hasta la dirección que me indican, y me recibe una joven mujer de piernas largas, ojos color café y cabello oscuro. ¨¿Vos sos Helena?¨ le pregunto, ¨Sí!¨ responde cómoda y fresca mientras me hace pasar.  Al entrar percibo la especial energía de su casa de madera decorada con símbolos espirituales y, apenas me siento, Helena me invita con una crocante y sabrosa granola recién sacada del horno. Después de deleitarme con un bowl de cereales le agradezco y pregunto el por qué de su sabor tan particularmente rico. Ella me mira y, con una sonrisa,  me dice ¨tiene nibs de cacao¨. Mientras me explica la receta mis ojos descubren sobre unos estantes dulces de frutas que ni siquiera sabía que existían. Ella interrumpe su explicación con un ¨¿querés probar?¨ y, como no puede ser de otra forma, mi respuesta es que sí.  Partiendo del dulce de leche la experiencia culinaria es muy diferente a lo que solemos consumir. Colocando unas etiquetas en forma de mandalas en cientos de frascos, la cocinera me va contando cómo llegó a El Bolson.

¨Yo soy de San Isidro pero la primera vez que visité El Bolsón dije “en este lugar quiero vivir el resto de mi vida”. Es un lugar privilegiado para la cocina orgánica, ya que los alimentos crecen de forma naturalmente bella¨. Para crear sus delicatessen lo único que necesita esta cocinera es un lugar agradable con frutas orgánicas y la Patagonia cumple cada uno de estos requisitos. Helena creó Patagonia Orgánica, su emprendimiento de comida integral y natural. Lo que más le gusta de cocinar es la alquimia que compone a partir del alimento natural y la creatividad humana; especialmente cuando surge de un estado de felicidad ya que, según ella, lo orgánico genera mucha sanidad y eso trae alegría. Cada delicatessen de Patagonia Orgánica está hecho a base de frutas orgánicas y azúcar mascabo; pero según la elaboración, los ingredientes varían. Entre sus productos predominan las mermeladas de frambuesas, mosqueta, casis, guindas y ciruelas; dulce de leche (con leche orgánica); chocolate (elaborado a partir del cacao puro, aromatizado con vainilla natural); alfajores de dulce y chocolate (hechos con harina del molino de epuyén y semillas); tortas galesas (con fruta embebida en cognac y frutos secos, bañadas en chocolate); bombones (rellenos de dulces con licor de cacao); y chutneys (de manzanas y ciruelas con vinagre de manzana).

 

Rodeada de flores y pinos, Helena, cada mañana,  se levanta a ver su huerta, cosecha las frutas necesarias y cocina sus delicias en grandes pailas de cobre. Al mediodía lleva sus productos a las distribuidoras que los entregan a diferentes negocios en Bariloche, Bolsón, Lago Puelo, El Hoyo y Buenos Aires. A la tarde, cuando baja al pueblo y consigue internet, se encarga de sus ventas directas o encargos vía  facebook o mail.

Dejé a Helena contagiada por su energía y salí a caminar. La geografía de El Bolsón es separada por La Loma del Medio: hacia el este corre el Río Quemquemtreu y, al oeste, el Río Azul. Este último es muy valioso para los locales ya que nació de un glaciar hace unos 13000 años y hoy corre por terrenos muy antiguos que configuran el pasado ecológico de la región. Poderoso y mágico, “El Azul” se desplaza como un camino de colores, aromas y formas maravillosas. Bordeando el río hay cientos de senderos, cada uno con diferentes amplitudes pero todos con el mismo rumbo: edenes de pampas verdes, flores silvestres, margaritas frescas y cipreses alineados. Admirar cada uno de sus componentes es un viaje precioso. En los arroyos cada piedra es el resultado de un proceso de ubicación universal, cada cual parece distinta pero, en realidad, forma parte de una única red. Cada piedra, por más pequeña que sea, se relaciona y actúa en función de las otras, filtrando las energías y minerales del agua que circula por sus canales. El crepúsculo es el paraíso final. Cada noche, con un cielo teñido de negro opaco, las estrellas fugaces bailan en una especie de fiesta astrológica que finaliza con las precipitaciones que se generan, por la madrugada, en lo alto de la montaña. Después del rocío, en el valle se forma una liviana humedad que se condensa en la característica bruma de cada mañana.

 

Al despertar, dos noticias son moneda corriente en El Bolsón: “nevó en la cordillera” o “se está incendiando la zona”. Para los lugareños la nieve en verano es posible y los incendios, lamentablemente, comunes. Pese a sus lamentos por las inconsciencias humanas en relación al cuidado del medio ambiente, sus habitantes no se cansan de contar lo felices que son en esta jauja. El Bolsón tiene una magia que te atrapa y hace que planifiques, incluso antes de irte, un retorno, en verano para sumergirse en sus álgidos ríos, en otoño para ver el retorno de las hojas al color dorado, en invierno para sentir los copos de nieve caer sobre las mejillas, en primavera para tocar el brillo y oler el aroma de las plantas recién florecidas. Pensé, recorriendo el bosque, que como Helena yo también podría decir en este lugar quiero vivir el resto de mi vida.

 

Victoria Agulla

Victoria Agulla

Periodista freelance, feliz de poder compartir mis viajes con el mundo.

@Vitussss

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