Durante años, la juventud ¨inteligente¨ protestó contra las desgracias liberales mientras vivía cómodamente bajo sus reglas. Hoy su sueño oscuro ha llegado a escena.

Por Big Sur 22-01-2017

No va a desaparecer la democracia en los EE UU. Para eso sería necesario demoler siglos de historia, instituciones y estilos de vida. Pero sí puede verse alterada. Esa alteración tendría nefastas consecuencias para el resto del mundo.

Casi todos pensábamos que los exabruptos de Donald Trump, flamante primer mandatario estadounidense, eran simulaciones. Pero ganó y siguió siendo el mismo. No era táctica. Los nuevos ministros lo confirman: son, ante todo, predicadores del odio. Odio a los que piensan diferente, a la clase política, al establishment. Odio que surge del resentimiento más profundo. Odio hacia arriba y hacia abajo. Odio que como todo odio viene del miedo hacia todo lo que parezca distinto, sea el color de la piel, la diversidad sexual o la nacionalidad, esos pobres mexicanos convertidos por la demagogia “trumpista” en gente sucia, ladrones, traficantes y violadores.

Ya existe un enemigo interno, solo falta localizar al externo. Esta figura es variable. Puede ser un día el Islam, otro día China, la “decadente” Europa, la globalización o todo a la vez. Lo importante es que ese enemigo exista. Y si no, deberá ser inventado. La política es el medio que usamos para derrotar a nuestros enemigos sin recurrir a la guerra pero sin prescindir de la lógica de la guerra. Tesis central de Carl Schmitt. Pero el enemigo de Trump no es el enemigo político de Schmitt: según el jurista alemán, el enemigo real se combate, pero no se odia. Trump, en cambio, odia.

El problema Trump no sería tan grave si estuviera recluido en los límites de su país. Al fin y al cabo los Estados Unidos se han dado el lujo de tener muy malos presidentes y ninguno ha podido lesionar las raíces del constitucionalismo. El problema es que Trump irrumpe en un mundo marcado por una ofensiva mundial en contra de la democracia. Como dijo sin rodeos el presidente de Alemania, Joachim Gauck, en su último discurso: “La democracia liberal está siendo bombardeada”.

El asalto a la democracia perpetrado en el pasado por estalinistas y nazis chocó con la nación norteamericana. Todavía los europeos no logran reconocer su enorme deuda. Si no fuera por USA, Europa habría capitulado frente al nazismo o frente al comunismo o frente a ambos. Europa, la Europa de hoy, es el resultado de una decisión norteamericana.

Si Trump logra consumar su proyecto aislacionista en nombre de la lucha en contra de la globalización, vale decir, si logra separar geopolíticamente a USA de Europa, Europa quedará librada a sus enemigos. Esos enemigos son principalmente tres: el terrorismo islamista, la expansión geopolítica de la Rusia de Putin y el surgimiento de movimientos políticos neo-fascistas.

Sociedad abierta o sociedad cerrada

Surgen hoy los enemigos de la “sociedad abierta”, vale decir, los partidarios de la “sociedad cerrada”, ideal que parece ya formar parte del patrimonio ideológico de Trump y que tiene antecedentes ilustres: Marx, Hegel y, más atrás, Platón. ¿Por qué? Todos ellos comparten una concepción de la historia como un continuo sometido a leyes, leyes que más allá de toda contingencia están orientadas hacia un fin pre-determinado, hacia el objetivo de una sociedad ideal o perfecta. Hegel y Marx fueron exponentes de un platonismo ideológico adaptado a la era moderna. Con el objetivo de alcanzar la realización de la idea absoluta que debería culminar en la sociedad utópica, defendían la supresión de las libertades básicas  de la “sociedad abierta”. Los seres humanos, de acuerdo a esa concepción, no podían ser sino medios destinados a usarse en el proyecto que debería conducir a la realización de la historia. El totalitarismo ha sido siempre teleológico.

El historicismo es el enemigo intelectual de la sociedad liberal. No deja de ser sintomático observar que hoy, el autoritario presidente de Hungría, Víctor Orban –como si hubiera querido confirmar esta tesis central- haya acuñado el concepto de sociedad i-liberal como alternativa en contra de esa Europa, según él, decadente, incapaz de defender los valores heredados de la cristiandad medieval.

Probablemente, analizando los discursos de tipos como Orban, el teólogo y politólogo alemán Johann Hinrich Claussen llegó a una conclusión clave. Quienes durante el siglo XX postulaban la supresión de “la sociedad abierta” no lo hacían guiados por el odio sino por convencimientos ideológicos o filosóficos. En cambio, los actuales enemigos odian a la “sociedad abierta” y por cierto a sus defensores. Vale la pena citar otra vez a Claussen:

“El enemigo (de hoy) debe ser diferenciado de un adversario. El nos odia a nosotros y nuestra cultura política, no comparte nuestras concepciones básicas (.......) Por eso su arma no son los argumentos sino la violencia: la violencia comunicativa, psíquica y corporal. También por eso hay que luchar en contra de él de manera distinta que contra un adversario. El no debe obtener la más mínima parte del poder, su victoria debe ser impedida bajo cualquiera condición. No debe haber ninguna tregua. No se puede  aceptar ningún apaciguamiento (apeasement). No se debe retroceder frente él. Hay que resistirlo (...) Solo un error no podemos cometer: No debemos odiar al enemigo y responder a su odio con otro odio”.

Un enemigo que odia y no piensa no es un enemigo discursivo. Los enemigos de la sociedad abierta son hoy enemigos anti políticos. Esa es la gran novedad que trajo el siglo XXl. Los nuevos enemigos de la democracia no poseen una visión de futuro, no recurren a las ciencias ni a las ideologías para fundamentar su poder. Simplemente odian. Su lucha comienza y termina en un odio desatado frente al occidente político.

Los terroristas del Islam –la expresión más radical del odio- no escriben manifiestos ni dan a conocer una doctrina. Solo matan. Los grupos, sectas y partidos que constituyen el neo-fascismo (nombre verdadero de lo que los sociólogos galantes denominan “populismo”) tampoco siguen a grandes doctrinas. Su política solo reconoce a tres fobias: xenofobia, homofobia y eurofobia. ¿Cómo polemizar con fobias? Frente a esas nuevas fuerzas políticas los partidos democráticos no logran encontrar el idioma adecuado. Su impotencia política frente a ellos es manifiesta.

Las nuevas autocracias expandidas a lo largo del mundo, crecientes en Europa, tampoco están dotadas con una alta racionalidad política. Más allá de las diferencias ideológicas, las principales - la de Hungría, la de Turquía y la de Rusia- persiguen objetivos precisos. En lo interno, sustituir el sistema de partidos por el principio del gran líder (Führerprinzip). A diferencia de las democracias occidentales, en las cuales el gobernante es el representante de un partido o coalición de partidos, en las neo-autocracias los partidos representan a la persona del gran líder. Esa tendencia ya ha cruzado el Atlántico. No, no me refiero a Bolivia, Nicaragua o Venezuela. Me refiero a la USA de Donald Trump.

El verdadero partido de Trump no es el republicano: su partido es el trumpismo. La sede formal del gobierno será la Casa Blanca. Pero la sede real es la Torre Trump. ¿Quién iba a pensarlo? El Führerpinzip ha sido implantado en donde menos podía pensarse. Trump está mucho más cerca de Orban, Putin y Erdogan que de todos los presidentes habidos en la historia de los EE UU. La innegable empatía que comparten entre sí esos “hombres fuertes” es correlativa al odio que sienten por la “sociedad abierta”.

Los ataques destemplados de Trump a Merkel, su proyecto de demoler la OTAN, las visitas que realiza Marine le Pen a la Torre Trump, el hecho de que hoy Trump junto a Putin se han transformado en íconos de movimientos neo-fascistas, son signos evidentes de que está teniendo lugar algo mucho más fuerte e intenso que la simple revisión de tratados comerciales. Se trata de una agresión a los fundamentos de la sociedad liberal, a la sociedad abierta, en breve: a la democracia occidental. Frente a esa ofensiva, Europa luce indefensa, ingenua, incluso complaciente. En cierto modo está pagando los costos de no haberse alineado a tiempo en torno a las proposiciones de Obama.

Como si hubiera previsto el peligro, Barack Obama no se cansó de repetir que Europa debía abandonar el rol de continente protegido por USA. Obama insistió, además que, tanto por cercanía geográfica y vínculos políticos con el Medio Oriente, los países europeos debían asumir un rol activo en la guerra en contra del ISIS. Solo Francia y Alemania cumplieron con mínimas obligaciones. La mayoría de los gobiernos europeos no fue leal a Obama. El vacío dejado por Occidente no tardaría en ser aprovechado por Putin, hoy convertido en fuerza orientadora de las tiranías de Siria e Irán. Si llega a realizarse una alianza Putin- Trump, será quizás derrotado el ISIS. Pero el precio será la desintegración política de Europa.

Todavía hay tiempo para que la Europa democrática reaccione y salte sobre sus sombras. Puede ser incluso que la misma situación de indefensión en la que hoy se encuentra obligue a las fuerzas democráticas a buscar alternativas para sobrevivir.  Pero para que eso suceda se requiere del abandono de algunas creencias que, si alguna vez tuvieron validez, hoy ya no pueden ser sustentadas.

La primera creencia dice que sociedad liberal resuelve por sí sola sus problemas. El laissez faire proveniente de la economía del siglo XlX no puede ser trasladado a la política del siglo XXl. Europa no podrá ser defendida si sus principales actores no reconocen que, para que la democracia se mantenga hay que asumir activismo, un activismo democrático más allá de los partidos y por supuesto, del eje regulativo izquierda-derecha. Ese es precisamente la segunda creencia que debe ser abandonada. El eje izquierda–derecha ya no designa la contradicción fundamental de la sociedad abierta.

La tercera creencia que hay que abandonar es por lo tanto la de una Europa sin enemigos. Entender de una vez por todas que la guerra declarada por ISIS no se expresa solo en actos terroristas aislados sino en la aparición de una cosmovisión que hace de la lucha en contra de occidente su razón de ser. Esa cosmovisión no está representada solo por el ISIS. Sus tentáculos envuelven a gobiernos con los cuales Europa ha mantenido hasta ahora excelentes relaciones comerciales, entre ellos Arabia Saudita y los principados petroleros que la siguen.

Europa debe entender al fin que Putin continuará su política de expansión territorial si es que no surge una alternativa que lo detenga. La UE y los gobiernos europeos lo dejaron invadir Ucrania oponiendo en contra ridículas sanciones comerciales que ni siquiera se cumplen. Hay que mantener contactos diplomáticos con Putin, es inevitable, pero también hay que mostrarle los dientes. Si no es así el próximo paso después de Ucrania serán los países bálticos. ¿Lo dejará Europa avanzar? Eso pasa por la decisión de crear una línea de defensa continental, con los EE UU, ojalá. Pero en caso de que se cumpla la maldad trumpista destinada a destruir a la OTAN, Europa debe aprender, de una vez por todas, a defenderse sin la ayuda de USA. La tecnología la tiene. Solo falta la voluntad política.

Los partidos neofascistas han de ser enfrentados en todos los terrenos pero nunca como comensales de salón. Frente a su avance deberán ser creadas grandes coaliciones, aunque sea al precio de deponer principios e identidades. En Francia, lo más seguro es que las elecciones de Abril obligarán a una segunda vuelta en la cual la mermada izquierda deberá volver a apoyar a las fuerzas conservadoras en contra de la posibilidad lepenista. De nada servirá a la izquierda francesa decir que Le Pen y Fillon son lo mismo. Puede que entre ambos  existan  concordancias, pero no son lo mismo. Se pueden tener políticas similares, pero no es lo mismo cuando son ejecutadas por conservadores tradicionalistas que por fascistas.

Más allá de las demandas sociales o políticas, lo que está en juego en Europa es la vigencia de valores universales forjados desde el periodo de la Ilustración. Eso lo sabe, y lo ha dicho con palabras muy claras, Angela Merkel, destinada a convertirse en el blanco de los más feroces ataques de los enemigos de la Europa moderna pero también, y quizás por lo mismo, en la principal líder de la democracia liberal, esa sociedad abierta que no puede ni debe ser entregada jamás a sus enemigos. Quizás esa es la razón por la cual Donald Trump, siguiendo la línea trazada por Putin, ha atacado – nótese: después de haber ganado las elecciones - con ferocidad a la canciller alemana.

Las luchas electorales que tendrán lugar durante 2017 en Europa decidirán el destino definitivo del occidente político. O se hunde bajo sus ruinas o se levanta sobre las ruinas. Después de Trump no hay caminos intermedios.

Escrito por Fernando Mires

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