García lanza una nueva canción que lo ubica en un espacio al que sólo los artistas geniales pueden acceder: el clasicismo.

Por Pablo Siciliano 16-02-2017

A finales de los años sesenta, en Buenos Aires, en los primeros ensayos de eso que finalmente se llamaría rock nacional y que hoy quizás ya no exista, Pappo interrumpía la zapadas de su banda influenciada por Led Zeppelin y Cream para gritarle al joven desgarbado que estaba en el teclado: “Pará de tocar, Chopín, esto es rock”. El joven Charly García sonreía y trataba de contener su impulso académico, producto de horas de educación hogareña a cargo de la ya mítica profesora Julieta Sandoval. Su suerte era otra, el teatro Colón y la magnífica solemnidad de los genios, pero una epifanía llamada There is a Place de los Beatles cambió eso que llamamos destino y ahí estaba, en un garaje caluroso y húmedo de Buenos Aires, cabalgando sobre el ritmo frenético de una canción que no existió más allá de esa tarde. 40 años después, tras haber atravesado algo parecido a la muerte, con el cuerpo entumecido por pastillas y calmantes, García lanza una nueva canción que comienza con las primeras notas del Nocturno N°2 en Mi Bemol de Frederic Chopin y se hace cargo de su pasado. 

La Máquina de Ser Feliz es el primer adelanto de Random, el disco que editará en las próximas semanas. Es también el regreso al estudio de García tras siete años y la horrible experiencia de Kill Gill, un disco sin imaginación, sumergido es un caos al que es muy generoso calificar de creativo. Lo que pasó luego es confuso: el descontrolado Charly que jugaba a la muerte tocó fondo y algunos meses después, rodeado por Darío Lopérfido y Palito Ortega, emergió una suerte de zombie que de a poco fue recuperando la dicción y el encanto. García no abandonó su cinismo, su rabiosa inteligencia ni su sensibilidad de genio pero dejó el vértigo y, en un proceso común en artistas de su magnitud, abandonó las aguas del tiempo. Como los discos finales de Leonard Cohen, Bob Dylan o David Bowie,  como las últimas películas de Yazujiro Ozu, Manuel de Oliveira o Clint Eastwood, su música ya no pertenece a ninguna época o lugar, es una entidad platónica sobrevolando nuestra vida cotidiana, interpretándola desde la distancia del sabio.

En La Máquina de Ser Feliz, tras las notas de Chopin, comienza un beat de batería que Charly repite desde Yendo de la Cama al Living. Se escucha una voz dulce y juvenil, como si el alumno de Sandoval comenzara un ejercicio de solfeo.  La idea lírica es infantil y lúcida: la creación de una máquina plateada y lunar, enteramente digital, que nos ayuda a ser felices. Cualquier parecido con la realidad es producto de un genio. Arreglos propios de Abbey Road llegan hasta un solo de guitarra completamente anacrónico aunque, en verdad, ese anacronismo ya no importa porque el tiempo, esa experiencia sucesiva, ya no existe.

El tiempo es la sustancia de la que estamos hechos, es un río que nos arrebata mientras somos el río; es un tigre que nos destroza mientras somos el tigre; es un fuego que nos consume mientras somos el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; Charly, desgraciada­mente, es Charly, y la canción es clásica porque asume todas sus máscaras: el niño brillante que copiaba a Mozart, el joven hippie que cantaba contra el ejército, el cerebro musical que podía componer una canción por día, la estrella pop tocada por el don del genio, el monstruo grotesco que se arroja al vacío y este hombre viejo que vuelve al pasado sin ira y puede ser todas esas cosas a la vez.

 

Pablo Siciliano

Pablo Siciliano

Director de Big Sur. Cine y televisión en www.pablosiciliano.com.ar

@PabliSiciliano