El retiro de Tim Duncan es el hecho deportivo del año porque su figura encarna una manera de vivir el deporte que el ego, el marketing global y la publicidad ha destruido por completo.

Por Daniel Castaldo 30-12-2016

San Antonio Spurs, el equipo más igualitario y diverso de la liga profesional de básquet de Estados Unidos, retiró la camiseta número 21 del jugador más importante de su historia, Tim Duncan. Ese es el máximo homenaje que un equipo puede hacerle a una estrella: colgar su camiseta del techo del estadio para darle a entender a los demás que ya no habrá otro igual.

Greg Popovich, histórico director técnico de los Spurs, dice sobre Duncan durante la ceremonia: “Él era un enigma para mí de varias maneras. Cuando Timmy llegó acá, fue como aprender telepatía: yo le decía algo, y él se quedaba mirando, de la misma manera que Tony Parker mira en el parqué (más risas),  y yo no estaba seguro de si él estaba prestando atención, pero había sido un gran jugador en  la secundaria, y había jugado bajo un gran programa en la universidad de Wake Forest, y él entendía lo que yo estaba diciendo, que probablemente estaba de acuerdo solo con la mitad de lo que yo le decía, pero es tan respetuoso que no iba a decir nada hasta más tarde. No lo iba a decir delante del equipo, y yo a veces era despiadado con mis palabras y….”

Pop no pudo terminar de hablar en ese momento, solo se salió del mundo que lo rodeaba por unos instantes en los que el entrenador más relevante en cualquier deporte en estos tiempos modernos, y que ya tendrá su templanza a su debido tiempo, simplemente no puede más de amor y gratitud ante ese gigante de 2,11 que lo mira emocionado. Pop frenó, de hablar pero no de sentir, y se lo quedó mirando, con visibles lágrimas en los ojos y ya parece que no va a poder volver a hablar nunca más, porque no hace falta.

La vida de Tim Duncan es tan fascinante como poco conocida. Fue un nadador que, dicen, podría haberle dado a Islas Vírgenes, su territorio natal, más medallas que Michael Phelps a la natación de Estados Unidos. El eligió el deporte que más amaba, el que se juega con el balón naranja. Con San Antonio creó una dinastía, que según dijo en su gran noche, “no se termina con mi ausencia en la cancha”. El equipo texano accedió a elegir en el puesto número 1 del draft de 1997 a Duncan solamente porque esa temporada su mejor jugador histórico hasta la llegada del número 21, el Almirante y profesor de matemáticas David Robinson, se lesionó y sacaron un espantoso récord de ocho victorias y algo así como un millón de derrotas.

En el primer entrenamiento con el equipo, el mismo Robinson, junto con Pop, se dieron cuenta que toda su ofensiva tenía que cambiar y que toda su vida deportiva iba a cambiar con la llegada de ese joven. Ese mismo año de rookie, los San Antonio Spurs ganaron el primer anillo de campeón de la NBA, hito que solo conseguiría otro gigante al que probablemente le estemos escribiendo algo en diciembre del 2017, un muchachito de 39 años nacido en Bahía Blanca, Emanuel Ginóbili. Luego, junto a Tony Parker y Manu, Tim logró 4 anillos más y son el terceto de jugadores que más partidos juntos jugaron en la historia de la liga, y que más partidos ganaron. Solo perdieron una final de la NBA contra Miami Heat, el equipo de LeBron James Dwayne Wade. Al año próximo volvieron, y fueron el campeón más vistoso de la historia del basketball moderno. Al juego de ese último anillo, el que más valora Tim, se lo denominó “the beautiful game”, por la cantidad de pases que mareaban a los adversarios. No importaba quien anotaba, importaba quien estaba en mejor posición para anotar. “Nada mal para un grupo de viejitos”, dijeron los tres mosqueteros de Pop con sonrisas más grandes que sus caras en ese vestuario triunfante.

Anoche se retiró la dorsal de uno de los cinco mejores jugadores de basket de la historia, pero sin ánimos de exagerar, aunque por fuera de Michael Jordan, Diego Maradona u otras luminarias, Tim es además el del mejor deportista de equipo de la historia. Tim hizo mejor al resto, dejó que Pop le aniquilara las estadísticas sacándolo en los minutos basura (cuando un partido está definido), o haciéndolo descansar cuando había partidos en días segudos. Ese rol, fue clave para armar lo que se armó en San Antonio. Lo realmente importante es que gane el equipo, no ser el mejor individualmente.

En un siglo donde los liderazgos deportivos, políticos, sociales, gremiales, de izquierda o de derecha, se ejercen a los gritos y donde mandan los millones, en que ídolos podrían dejar de jugar en el lugar en el que los adoran por ir a un mundo exótico en el que les pagarían millones que no podrían gastar cuatro generaciones posteriores a ellos, con ídolos que vuelven a jugar para acumular poder, Duncan dio un ejemplo de que lo contrario es lo correcto, de que se puede ser millonario, o líder en los triunfos y en las derrotas pero que hay otra forma y esa es la certera. Siempre se recortó (varios) millones de su sueldo para que su equipo pueda utilizar ese dinero para renovarle a un compañero o traer un agente libre de renombre, y también supo decir basta cuando tuvo que decir basta., por más que seguía jugando como los dioses. Y lo hizo siempre tan callado, siempre tan amable, siempre tan Tim Duncan.

No se omitió por olvido lo que ocurrió con Pop cuando se quedó mirando sin palabras a Tim con el amor del universo entero en sus ojos. Cuando se despabiló de ese sueño despierto que fue en su vida y en la de muchos Timmy D prosiguió: “Y por eso, soy un agradecido,  porque gracias a eso me permitiste liderar a este equipo. Si tu superestrella puede recibir un golpe y un insulto mío, entonces todos los demás pueden callar su puta boca (shut the hell up, no le encuentro una mejor traducción) y seguir su ejemplo. Y ése hombre hizo eso por mí, el me permitió ser el entrenador que soy”.  El héroe colectivo, es el que hace mejor a los demás.

Daniel Castaldo

Daniel Castaldo

Periodista en http://www.diariohoy.net , músico, fotógrafo, montajista, prosumidor, cinéfilo, seriéfilo, ex fumador..

@chiqui_TdN